—¿El capitan?...

—Cierto: le espero... para pelar la pava...

Barbillo lanzó una mirada de tigre á Mariblanca, y salió.

La jóven quedó sola en la cocina.

Esperó á que pasase algun tiempo, y luego tomó una bujía, la encendió y salió al zaguan.

No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al inquisidor.

La puerta de la calle estaba cerrada con llave.

—¡Ah! ¡ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy á encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis á entrar, yo os lo juro.

Y echó los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y á mas de esto la atrancó.

Luego recorrió la casa. Nadie habia en ella.