Entonces bajó al huerto, apagó la luz, se acercó á la tapia y cantó un villancico de Navidad.

Se oyó fuera un silbido y Mariblanca calló.

Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vió trepar á un hombre por la tapia y saltar al huerto.

Mariblanca se estremeció, adelantó hácia el bulto y exclamó:

—¡Padre! ¿eres tú?

—Yo soy, dijo una voz ronca.

—Ven, ven conmigo, le dijo asiéndole de una mano.

Y condujo á su padre á un sotechado, abrió una puerta y le introdujo en una habitacion oscura.

—Espera aquí, le dijo.

—¿Qué aposento es este? dijo la misma ronca voz.