—Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.
Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.
—Pero no importa... no... yo te salvaré.
Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas calles hácia la salida de la villa.
En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga, tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.
—Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.
El Ferih rugia.
—La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz mas débil Alida.
El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.
—La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré muerto antes de que llegues.