Toda aquella pobre gente se arrodilló.
Solo siguió tocando á rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda.
Pero de improviso un nuevo incidente vino á centuplicar su terror.
Un humo espeso y acre empezó á penetrar por los arcos de las campanas.
Los monfíes habian puesto fuego á la torre.
Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana seguia tocando apresuradamente á rebato.
Allá en los extremos de la villa y en el centro ardían tambien algunas casas de cristianos.
No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucería.
Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el Ferih, salieron de la iglesia con los monfíes.
Al salir á la plaza desembocaba en ella á la carrera una manga de arcabucería, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo.