Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero jóven, con el rostro pálido y la mirada chispeante é iracunda, que apenas vió á los monfíes mandó hacer fuego con voz ronca á sus soldados.

Aquel caballero era el marqués de la Guardia.

Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se vió un relámpago y se escuchó una detonacion uniforme: algunos monfíes cayeron por tierra: á la descarga de la mosquetería española contestó una descarga de la ballestería de la montaña.

Algunos soldados cayeron tambien.

Una segunda descarga de los soldados diezmó de nuevo á los monfíes.

—¡Es el marqués de la Guardia! exclamó con rabia Aben-Aboo.

—¡El marqués de la Guardia! exclamó con terror el emir. ¿Qué es esto, Dios mio?

—Hierro en mano y á degüello, gritó con voz tonante Aben-Aboo á los monfíes, lanzándose el primero alfanje en mano sobre los soldados.

—¡Ah! dijo el marqués de la Guardia con una alegría insensata, horrible: ¡te me vienes á las manos, asesino! ¡á mí, camaradas! los arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas: ¡á ellos! ¡Santiago y cierra España!

Pero de repente los monfíes se detuvieron cortados: por otra avenida de la plaza habia aparecido el teniente Cristóval de Belorado, y los barria enfilándolos con las descargas de sus arcabuceros.