Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro punto y los heria por la espalda.
Los monfíes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando á que los siguiesen á Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar.
—¿A dónde va vuestra señoría? exclamó el teniente Cristóval de Belorado, atravesándole al marqués de la Guardia que se habia puesto en seguimiento de los monfíes.
—¡Huyen!
—No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros á centenares. ¡A cubrir las calles! gritó inmediatamente el viejo soldado.
—¡Es verdad! dijo suspirando el marqués: mandad barrear las calles: primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los muebles y colchones que encontreis en las casas: ¿tenemos bastante pólvora?
—Nos hemos traido cargadas cuatro acémilas.
—Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola ¿qué haceis, alférez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo; haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y rematad á esos perros monfíes. ¡Ah! primero es nuestra obligacion como cristianos y caballeros.
Y se puso á pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una distraccion espantosa, murmurando monosílabos y lanzando de tiempo en tiempo un horroroso juramento.
En un momento las calles que daban á la plaza estuvieron cubiertas y barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos, salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compañía de Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgándose con una cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido muertos ó heridos en la sorpresa de la plaza.