—¿Pero dónde está el señor beneficiado? decian algunas mujeres que habian salido de la torre.
—¡El beneficiado! dijo uno de los de la compañia de Diego de Herrera: no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha quedado en la torre.
—¡Cómo! ¡el beneficiado de Cádiar! exclamó el marqués de la Guardia; ¡el que me casó esta tarde!... ¡Ah! Diez hombres conmigo!
Pero cuando llegaron al pié de la torre, les detuvo un espectáculo horrible.
La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba á la plaza, un hombre asido á una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba gritos, pero no descendia; estaba aferrado á la cuerda con el terror de la muerte.
En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar.
Aquel hombre no les oia.
Viósele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin, quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura dando vueltas.
—¡Es el beneficiado! gritaron las mujeres.
—¡Está muerto! dijo un soldado.