El marqués de la Guardia se separó de aquel lugar, y se puso á pasear de nuevo á lo largo de la plaza.

Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre, podian rendir los monfíes á los castellanos, y era de esperar que el capitan general enviase pronto socorro.

Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el incendio de la iglesia, se esperó en vano la acometida de los monfíes: el mas profundo silencio reinaba en la villa.

—¿Qué hacemos aquí? dijo el marqués de la Guardia, volviéndose bruscamente á Cristóval de Belorado: ¿nos vamos á quedar esperando al Mesías? los enemigos se han marchado.

—Los moros son mala gente, señor marqués, dijo Belorado: callan, pero no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usía de su fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa. Como estamos, estamos bien.

—Os digo que los moros se han retirado.

—Como guste usía, pero.

—¡Señor Cristóval de Belorado! ¿Sereis acaso vos el capitan de la compañía, y estaré yo acaso faltando á mi obligacion disputando con vos?

Callóse el teniente.

—Tomad veinte hombres y reconoced.