El marqués volvió la espalda al teniente y siguió paseando.

—El capitan está loco, dijo Belorado, y su locura nos va á costar el pellejo; pero ¿qué hemos de hacer? lo manda; desobedecer ó cumplir mal su mandato, seria una cobardía: ¡Hola sargento Aponte! escoged veinte hombres, y conmigo.

—¿A dónde vamos, señor Cristóval de Belorado? dijo el sargento.

—¡Eh! ¿y qué os importa á vos? ¿Teneis miedo?

El sargento se calló ante el teniente, como el teniente se habia callado ante el capitan.

—¡Ah, de la primera escuadra! gritó.

Formáronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envió á los diez restantes á sus puestos, y fijó una mirada terrible en los veinte hombres que se habian quedado.

Algunos de ellos murmuraban.

—¡Eh! ¿Qué dices tú, Gil Perez? ¿y tú Pedro Donoso? ¿y tú, Chirlo del diablo? ¡eh! ¿teneis miedo, vergantes? ¡silencio y firmes! ¡ó voto á!...

Y la soltó redondo, arrimando al mismo tiempo á los soldados algunos golpes con el asta de su alabarda.