—Si: tú eres tambien monfí.

—¡Yo!

—Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.

El marqués echó mano á su espada.

—Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres traidor, porque ayudas á los cristianos.

—¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva... ó tal vez peor que muerta!

Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.

—¿Te habrás atrevido, perro cristiano?... exclamó.

—Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con ella me han robado á mi hija.

—¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir, sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los escuadrones del rey de España?