—¿Dónde está Aben-Aboo?

—¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.

—¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada temas.

—Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro comun señor, sígueme.

Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le habian prestado, y siguió á Suleiman.

En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un mendigo anciano y enfermo.

Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á la montaña.

En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió adelante á gran paso.

El marqués iba tras él.

Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á cuyo fin se veia la entrada de una cueva.