Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel hombre era el emir.

Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se retirase.

El monfí descendió á la carrera por el sendero.

Yaye y don Juan quedaron solos.

—¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.

—Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.

Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del emir pasó para dejar su lugar al espanto.

—¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?

—No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.