—¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus miradas, los indicios de una gran desgracia.

—¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.

—¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!

—¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos en mí los ojos con una expresion infernal... y luego oí su voz ronca que gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!... despues nos separó la mano de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.

Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola palabra.

El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.

Despues continuó:

—Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo: veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé... y me encontré salvo, pero me encontré solo... solo... ¿qué habia sido entre tanto de mi Esperanza?

El marqués inclinó la cabeza desesperado.

—¡Mi hija...! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente el emir.