Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:

—¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!

Y luego volviéndose al marqués, continuó:

—¿Pero estas seguro?... seguro de todo punto?

—¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he de beber la sangre de ese infame.

—Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en una roca en la montaña... en un terreno que no conoces, de noche... y despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba en Yátor.

—La avenida me habia echado cerca de Yátor.

—¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?

—Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado, y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los monfíes?

—¡Huyeron!... porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus soldados vivos.