—¿Y para qué quiero yo vivir?

—¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no vengarte?

—¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?

Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el marqués de la Guardia, era su hijo.

La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo. Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban zelosos entre sí.

El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un remordimiento voraz le roia las entrañas.

—¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.

—En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian, teniamos que atravesar una rambla peligrosa.

—¿Y estábais ya cerca de esa rambla?

—Si señor.