—¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.

—¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al escuchar aquella voz.

—¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.

—Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.

—Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.

—Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á la rodilla y dando diente con diente.

El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.

—¿Con qué es verdad? dijo.

—Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo ha dicho?

—Basta que yo lo sepa, dijo el emir.