La veremos sentada sobre un lecho, inmóvil, teniendo sobre su regazo á su pequeña hija, á quien amamanta; y para besar la cual de una manera delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion.

Nada falta en el subterráneo que pueda hacer soportar la permanencia en él de una persona: nada mas que aire y dìa.

Por lo demás se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha sido posible, aquel antro.

¿Quién habia revelado á Aben-Aboo la existencia de aquel antro?

Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti.

Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en la Chancillería de Granada, la historia entera en que se contenia la muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeño, el orígen de dona Estrella de Cárdenas, y demás sucesos que dejamos relatados en la primera parte.

La justicia habia bajado al subterráneo, guiada por el mismo Calpuc; pero despues aquel subterráneo habia quedado abandonado.

Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaña, y se habia entrado á dormir en una cueva, encontró junto á sí, al despertar, una carta.

Aquella carta contenia las siguientes palabras:

«Hace ya muchos dias que vagais á pié, acompañado de algunos hombres de vuestra confianza, llevando con vos una dama y una niña, y evitando, siempre con peligro, el encuentro de los monfíes que os buscan. Esa señora, demasiado delicada para andar con lluvia y con nïeve por breñas y vericuetos, será causa de que una vez deis en las manos del emir, que no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del emir, y quiero ayudaros, indicándoos un lugar muy escondido, donde podreis guardar á vuestra prisionera y quedar libre para vuestros negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el autor del anónimo daba á Aben-Aboo las señas indudables, por las cuales podia dar con el subterráneo). No desconfieis de quien os escribe, concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto ó preso mientras dormiais, en vez de haber dejado junto á vos y sobre vuestra ballesta, esta carta.»