Unicamente un dia la dijo:

—Parto para una empresa aventurada, en la cual podré perecer: os dejo provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aquí sepultada.

Amina lanzó un grito de terror, estrechando contra su corazon á su hija.

¿Cuál podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo?

Antes necesitamos revelar á nuestros lectores los otros dos lugares donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes.

El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterráneo de la princesa encantada.

Si entramos en él una noche, encontraremos á dos personas muy conocidas nuestras: á doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor y á Aben-Jahuar, su cuñado.

El lugar en que se encontraban no era aquel salon árabe en que ya hemos entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeño retrete, á que se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor por donde era necesario pasar para llegar á la gran cámara.

Doña Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto á ella en un escabel ó banquillo de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de una manera siniestra, y por último, algunas astillas de madera en el centro del pavimento roto, servian de calorífero.

Doña Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia tomado un aspecto terrible: conocíase que el disgusto contínuo, la ira reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un hermosísimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armonía con la terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia á su cuñado, y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar estaba fascinado: porque en la mirada de doña Elvira hácia él habia amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soñando.