—No ha faltado quien diga á tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue la causa de la prision y de la muerte de mi hermano.

—¿Y mi hijo lo ha creido?...

—Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que debe encontrar al emir solo y desarmado.

—¡Para matarle!

—Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre.

—Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna...

—¿Pues no le acusabas poco hace tú misma?...

—¡Mentira! ¡mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso, irritado, pero no miserable: escúchame por Dios hermano... porque es necesario evitar un horrible crímen.

—¿Es decir, que amas á Yaye?

—¡Oh! ¡Dios mio! ¡si! exclamó doña Elvira cubriéndose el rostro con las manos: le amo desesperadamente hace veintidos años.