—¿Y por qué me engañabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando á sus palabras un acento tristemente melancólico: ¿por qué me decias que querias vengarte de Yaye?

—¡Oh! ¡yo no sé! ¡yo no sé! ¡yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado á mis cartas: he querido apoderarme de él, y no he podido: ¡al fin se ha casado!... ¡se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero vengarme... pero ya te lo he dicho: no sé como: porque yo no quiero matarle...

—Le matará tu hijo.

Doña Elvira al escuchar esta terrible profecía lanzó un grito de horror.

—¡Mi hijo! exclamó: ¡mi hijo! ¡un parricidio!

—¡Un parricidio! exclamó Aben-Jahuar levantándose: ¡un parricidio has dicho!

—Si, si: ¡porque... mi hijo es hijo de Yaye!

Destelló de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible.

—¡Oh! exclamó: ¡oh! pues entonces es necesario... necesario de todo punto evitar... yo no sabia... yo estaba engañado... y ese hombre... ese hombre extraño que nos ha procurado este asilo... ese hombre á quien yo esperaba...

—Pero yo quiero ir, volar junto á mi hijo: decirle: el hombre que quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aquí... ¡Dios mio! ¡ Dios mio! ¿no oyes que es necesario que salgamos de aquí?...