—Pero yo no sé las salidas, dijo afectando desesperación Aben-Jahuar.

—¡Llévame, llévame á detener á mi hijo! exclamó doña Elvira arrojándose á sus piés: logre yo impedir ese horroroso crímen... y te amaré, Fernando, te amaré con toda mi alma... y seré tuya, y seré tu esclava. ¿No oyes que mi hijo es hijo de Yaye?

—Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es él, aun tenemos tiempo... si, si, él es... pero enjuga tus lágrimas, tranquilízate... se acerca.

—¡Ya es hora! dijo acercándose á la puerta Laurenti.

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Debemos trasladarnos á otro lugar, al lugar que hemos dicho que no conociamos, y donde encontraremos á Angiolina.

Todos los que hayan estado en Granada ó en las Alpujarras, habran tenido ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres habitaciones.

Son estas, cuevas naturales, á las que se ha puesto una puerta, abierto una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles son barrancos, y á los que sirve de terrado el repecho de la montaña, cubierta de higueras de Túnez y de pitas, entre las cuales se levanta el humo de las chimeneas.

Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son gitanos.

En una de estas negras viviendas, entró Aben-Aboo, la misma noche en que tuvo lugar la escena anterior.