—¡Que me vaya! ¿y á dónde?
—Ya no haces falta aquí.
—¿Y quién cuidará de esa señora?
—Te digo que no haces ya falta, tu cueva está cerca: vete con tus hijas.
—¿Y ya no me dareis mas dinero?
—¡Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando á la vieja dos ducados mas.
—Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron á mi marido y á mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan á los pastores y á los monfíes para que les den un pedazo de pan, porque tienen hambre.
—Yo mandaré que te den cuatro ducados todos los meses.
—¡Cuatro ducados! ¡Dios es grande y misericordioso, y os recompensará, señor!
—Bien, pero vete: necesito quedarme solo.