—¿Está el emir en la alquería?
—Si, contestó Aben-Aboo.
—¿Y has hablado á tu madre?
—Si.
—¿Y nada sospecha?
—Nada.
—¿De modo que podemos dar el golpe?
—Si, podremos vengar á nuestros padres.
—¡Oh! ¡y qué horribles misterios, primo!
—Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caerá sobre los infames: él muerto: mi madre... no la mataré, porque al fin me llevó en sus entrañas; pero castigaré en ella á la infame que se ha unido con el asesino de su esposo, con el padre de su hijo.