—Si, si; con el asesino de mi padre.
—Despues, tú, rey de Granada, yo, emir de los monfíes...
—Una palabra, primo: ¿sabes tú del paradero de Amina?
—Yo no: ¿la amas?...
—Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la amistad del emir.
—Y yo lo mismo.
—Muerto el emir...
—Amina nada importa...
—Si la encontramos...
—Si la encontramos la jugaremos á los dados.