Sonrió sesgadamente Aben-Aboo, y miró con una expresion de horrible inteligencia á Harum.
—Los turcos, dijo, mataran á Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya quiere matarlos á ellos.
—Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil.
—Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos.
—Si, bien: yo aborrezco á Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle.
—¡Bah! dijo Aben-Aboo: tú serás quien cause la muerte de mi buen primo.
—¡Cómo!
—Toma, contestó Aben-Aboo dando una carta cerrada á Diego Alguacil.
—Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya.
—Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que nadie nos culpará de la muerte de Aben-Humeya.