—Pues bien: con vos venia un moro encubierto.
—¡Ah! ¡el moravito[29] de Africa! exclamó con la mayor naturalidad Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir bajo techado, hasta tanto que logre una venganza.
—¿Y quién mejor que el marqués pudiera haber hecho ese juramento?
—Insistís en vano, señora, os equivocais.
—¿Y si yo os diese una prueba?
—¿Cuál?
—Ese moro encubierto se quedó en el patio, entre vuestros monfíes.
—Es verdad.
—Yo le veia desde una celosía: sin saber por qué aquel moro me habia llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante...
—Pudisteis equivocaros, señora.