—Dudé un momento; pero mi corazon me decia que era él y quise salir de dudas: entonces le llamé en voz alta desde la celosía.
—¿Que le llamásteis?
—Si: le llamé por su nombre: ¡Don Juan! exclamé: y entonces el moro hizo un movimiento marcado: dió algunos pasos hácia delante y miró con interés al lugar donde habia reconocido mi voz.
—Esa es una prueba muy vaga.
—Es que tengo otras.
—¿Cuales?
—Una carta de Don Juan á su esposa.
—¡Ah! exclamó Harum.
—¿Sabeis acaso que don Juan recibió una carta en la que se le participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron?
—Yo, señora... no recuerdo.