—Descuida, le dijo rápidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni dudo: y luego añadió alto: sígueme moro: hermanos mios, adios.

—Que Allah te guarde, contestaron los turcos.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.

—Sigámosles, dijo Huscen, y castiguemos á Aben-Aboo si nos hace traicion.

—Deteneos, dijo Alí: el estrecho sendero por donde caminan está sobre el tajo.

—¿Y qué? dijo Huscen.

—¿Y qué? ¡Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!

Como para confirmar las palabras de Alí se escuchó en aquel momento uno de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte sobre sí.

—¿Habeis oido? dijo Huscen.

—Si, un grito de horror, de agonía: sin duda ha caido el mensajero: ¡es la senda tan estrecha, y está tan resbaladiza con el hielo!...