—Teneis razon.
—En el caso que vos ganárais, don Gabriel, ya sea que ella se vaya con vos, ya que os caseis con ella, podeis tener por seguro que yo procuraré soplaros la dama ó la mujer.
—Lo mismo procuraré yo, don Diego, si la suerte os favorece.
—Determinemos aun mas: si solo es querida de uno de los dos, la apuesta será vuestro coselete de Milan cincelado, contra la magnífica espada de Damasco que he heredado yo de mis abuelos y que tanto os agrada.
—Sea.
—Pero si doña Elvira fuese esposa de uno de los dos...
—Entonces, don Diego, tenemos apostada la vida á estocadas.
—Me habeis comprendido.
Los dos calaveras se estrecharon las manos, apuraron los vasos y no volvieron á hablar de aquel asunto.
Cuando se separaron, don Diego recordó que tenia una parienta amiga de la abadesa de santa Isabel la Real; fuése á su casa muy temprano, á la hora en que la buena señora oia su misa cotidiana, y la expuso la necesidad que tenia de depositar por algun tiempo á su hermana doña Isabel en un convento.