Se estremeció todo Aben-Aboo.

—Te engañas, te engañas, Diego, contestó el jóven procurando dominar lo conmovido de su voz: los monfíes no tienen razon para sospechar... no pueden sospechar.

—Allá lo veremos, replicó Diego Alguacil: ó mas bien lo veran los que se queden.

—¿Y tú por qué no?

—Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que será esta noche, recobro á María, á la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con ella á Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.

—¿Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?

—Los monfíes te mataran como mataran á Aben-Humeya.

—¿Crees tú que no sea tan fácil matar á los monfíes como á los turcos?

—Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.

—Pues bien haz lo que quieras: en cuanto á mí he tomado mi resolucion. Ahora vamos á Andarax.