Llegaron á poco á una especie de venta situada al lado de uno de los estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.
Al llegar á la puerta, Harum previno á Angiolina que se cubriese con su velo, y asiéndola de la mano, la condujo á un pequeño aposento alto, á través de unas escaleras.
Al abrir su puerta, Harum desasió la mano de Angiolina.
—Dentro encontrareis al marqués de la Guardia, la dijo: fuera os espero.
Angiolina entró con el corazon comprimido.
Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de una venta, habia un hombre meditabundo é inmóvil.
Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba sentado en el lecho levantó la cabeza, y miró á Angiolina.
Al verle la veneciana lanzó un grito de horror, palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas y corrió á aquel hombre, le abrazó, y le miró con ansiedad.
—¡Oh! ¡Dios mio! exclamó: ¡me le vuelven muerto!
El marqués contestó con una triste sonrisa.