Estaba pálido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi hundidos en los alveólos: la barba larga, el aspecto macilento: la actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su pecho una tos seca, aguda, terrible.
La mirada de Angiolina se extravió.
—¿Quién sois, señora? dijo con voz ronca el marqués de la Guardia.
—¡Qué! ¿tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.
—Yo he escuchado vuestra voz, señora; la he escuchado no recuerdo cuándo ni dónde, dijo el marqués; pero recuerdo que ha sido en otros dias mas felices.
Y el marqués la miraba con esa expresion de deseo del que quiere reconocer á una persona.
—¿Pero que es esto? exclamó Angiolina: ¿qué te sucede don Juan? ¿habrás perdido acaso la razon?
—No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... ¡oh! ¡oh! ha sido una cosa horrible.
—Pero... ¿qué horrible cosa ha sido esa? dímela, dímela, y yo te vengaré.
—¡Vengarme! ¿y por qué? Seria necesario que me vengárais en mí mismo: yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido zelos.