—Y... ¿quién es esa mujer que te ama y está zelosa? exclamó con ansia la jóven.
—¡Ah! ¿y qué te importa?... ¿tú no conoces á la princesa Angiolina Visconti? una hermosa mujer que me sirvió para hacerme amar de otra.
—¡Ah! exclamó Angiolina.
Y su exclamacion fue semejante á un rugido.
—¿Y dices tú que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de tí?
—Si; se ha vengado de una manera horrible.
—¿Pero no me conoces? ¿no reconoces en mí á esa Angiolina que solo ha amado por tí, que solo ha vivido por tí, que solo por tí ha odiado, que solo por tí ha teñido sus manos en sangre, y ha llenado de remordimientos su conciencia?
—No, tú no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. ¡Oh! ¡funesta mujer!
Un nuevo acceso de tos cortó la palabra al marqués, y al retirar el pañuelo de su boca, Angiolina le vió manchado de sangre.
Hubo un momento de terrible silencio.