Poco tiempo despues Angiolina volvia á entrar en casa de Aben-Humeya, y en la habitacion que habia abandonado á la llegada de Harum.

CAPITULO XLVI.

De cómo fue la muerte de Aben-Humeya.

Los turcos habian llegado á Andarax con cuatrocientos de sus piratas; pero contenidos por la línea de los monfíes, no habian podido pasar adelante.

Aben-Aboo habia llegado tambien con trescientos hombres, y Farax-aben-Farax, alguacil mayor de las Alpujarras como hemos dicho, con trescientos moriscos.

Pero Suleiman, nuestro antiguo conocido, que se habia quedado mandando los monfíes en ausencia de Harum, habia declarado que nada se haria hasta que Harum llegase.

—¿Con que es decir, que nada podemos hacer, ni á nada podemos atrevernos sin los monfíes? exclamó el iracundo Alí.

—El emir de los monfíes, repuso Suleiman, es el rey, el único rey de las Alpujarras; sin los monfíes no hubiera sido posible la guerra; el dia en que los monfíes cedan y se recojan á sus guaridas, los cristianos se encontraran, como antes, dueños de las villas y lugares de las Alpujarras. Entre tanto los fuertes somos nosotros: tenemos rodeado á Andarax, y nadie entrará en él mientras no lo permita el emir de los monfíes.

—¿Y quién es el emir de los monfíes? dijo con acento torbo Aben-Aboo: ¿acaso no ha muerto mi tio Yaye-ebn-Al-Hhamar?

—Ciertamente que tu noble tio, ha sido villanamente asesinado, replicó con voz ronca Suleiman; pero vive su hija.