—¡La sultana Amina!

—Si, la sultana de los monfíes.

—¡Una mujer! ¡y una mujer, cuyo paradero no se sabe!

—Pero la sultana Amina tiene un esposo, dijo Suleiman.

—¡El marqués de la Guardia! ¡un cristiano renegado! repitió Aben-Aboo.

—El esposo de la sultana Amina, es el emir de los monfíes.

—Pero si la sultana Amina muriese...

—¡Mas le valdria no haber nacido al miserable que se atreviese á la vida de la sultana! exclamó con acento de amenaza Suleiman.

—Pero puede darse por muerta, puesto que nadie sabe donde se encuentra.

—Y bien, dijo Suleiman, dejándose arrastrar por las circunstancias, á falta de la sultana Amina, tenemos á su hija la sultana Zoraya[31].