En aquel momento sonó un tiro, disparado por uno de los moriscos que daban la guardia á Aben-Humeya, y como si aquella detonacion hubiera sido una señal de combate, todos se lanzaron con las armas enhiestas, sobre la guardia, la arrollaron, rompieron las puertas y se precipitaron en la casa.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Poco antes habia entrado en ella Aben-Humeya.

Su paso era vacilante y sus miradas vagas.

Venia de una zambra, donde, á pesar del Koram que prohibia el uso de las bebidas espirituosas, se habia embriagado.

Sin embargo no era su embriaguez tal, que le privase del uso de sus sentidos, y cuando María de Rojas fue á encontrarle, sonriéndole, la dijo:

—¿Por qué me haces traicion?

A esta pregunta brusca, directa, imprevista, la jóven se desconcertó y solo contestó con embarazo:

—A nadie amo mas que á tí, señor, á tí que eres mi esposo: quien te diga otra cosa te engaña y merece la muerte; porque ha calumniado á tu esposa, á la sultana de Granada.

Aben-Humeya la rechazó de nuevo y le dijo con acento indolente: