—Ve, y cuéntale eso á tu amante, á Diego Alguacil: pero apresúrate á contárselo, porque mañana su cabeza no te podrá oir.
—Algun enemigo de tu reposo, señor, dijo María de Rojas dominándose, ha inventado esas mentiras.
—¡Oh! afortunadamente, repuso Aben-Aboo, reclinándose en su divan y ya soñoliento, he sido avisado á tiempo y he prevenido la traicion: al principio crei de mas gravedad el peligro y mandé ensillar dos caballos... pero despues... me quedará tiempo para descabezar á los traidores, y ayudado por los monfíes que son valientes y leales, acabaré con todos mis enemigos. ¡Ah! ¡mi buen hermano Aben-Aboo, mi querido hermano! ¡quereis cobrar vuestra parte de aquel asesinato..! ¡ah! ¡ah! ¡como herí al emir, os heriré á vos mi buen hermano! ¡quien mató á su padre... puede muy bien... sí... puede muy bien matar á su hermano!
—¡Tu hermano! ¡tu padre! exclamó asombrada María de Rojas, que conocia el terrible crímen de los hijos de Yaye.
—¡Ah! estabas todavía ahí, dijo Aben-Humeya.
—Has hablado del asesinato de tu padre, y has llamado tu hermano á Aben-Aboo.
—¿No era mi tio, el pariente mas poderoso que me quedaba, el emir de los monfíes? ¿no debió haber sido mi padre?
—¡Ah! dijo María.
—¿Y no me vi obligado á matarlo para que él no me matase?
—¡Ah! repitió la jóven.