—¿Y mi buen primo, el hijo de la hermana de mi padre, el alcaide de mis alcaides, no debia tratarme como á un hermano?
—¡Ah! repitió por tercera vez María de Rojas.
—¡Pues! ¡mi padre y mi hermano! mi corona destila sangre sobre mi frente, y ese velo rojo me incita... quieren matarme... y yo los mataré á ellos, ¡los mataré y dormiré tranquilo!
Aben-Humeya inclinó la cabeza vencido por el sueño.
—Si, dijo María de Rojas con voz ronca: si son traidores debes matarlos; enemigo muerto no daña: pero...
—¡Ah! ¿estabas todavía ahí...? vete... vete y puesto que amas tanto á Diego Alguacil, díle que su cabeza está mal segura. ¡Ah! ¡ah!
Inclinó de nuevo la cabeza.
—Si, voy á avisarle, murmuró la jóven para sí, y cuando le avise veremos cuál cabeza está menos segura sobre los hombros, si la suya ó la tuya.
María se encaminó á la puerta y al llegar á ella, se encontró con Angiolina.
—No le pierdas de vista, permanece junto á él, dijo María de Rojas: su embriaguez no es bastante para hacerle perder el conocimiento.