Dijo estas palabras en voz tan baja y de una manera tan rápida María, que Aben-Humeya no pudo percibir ni aun su murmullo.

María salió, y Angiolina magnífica é incitantemente vestida, adelantóse hácia el divan donde estaba reclinado Aben-Humeya.

Como si Angiolina hubiese lanzado delante de sí una influencia mágica, cuando estuvo á poca distancia de Aben-Humeya, este se incorporó sobre el divan y la miró frente á frente.

La hermosura de Angiolina parecia como que habia dominado, como que habia desvanecido su embriaguez.

—¡Ah! ¿sois vos señora? la dijo: ¿á qué debo la felicidad de vuestra presencia?

—Habeis tardado y estaba inquieta, dijo Angiolina sentándose en el divan, al lado del jóven.

—¿Inquieta vos por mí? permitidme que me maraville de tal mudanza; hasta ahora he sido para vos la persona mas indiferente del mundo.

—Siempre he sido vuestra amiga, bien lo sabeis.

—¡Amiga! ¡amiga! pero yo no quiero vuestra amistad, sino vuestro amor: recordad: desde que os ví representando en Granada, os importuné con mis ruegos: despues una feliz casualidad os trajo á mi lado, he seguido en mis importunaciones... y vos...

—Ya os lo he dicho una y mil veces y os lo repito, soy vuestra amiga y no puedo ser otra cosa.