—¿Y pensais que yo no soy cristiano tambien, señora?

—Habeis renegado de Jesucristo por llamaros Muley Aben-Humeya[32].

—He renegado con los labios, pero no con el corazon.

—Sin embargo persistis en esa dañosa apariencia.

—Acaso no persista mucho tiempo, señora.

—¿Pensais acogeros al perdon del rey de España?

—No he dicho tanto: soy demasiado altivo para humillarme á las plantas de aquel cuyos ministros mataron á mi padre; que dió lugar á la avilantez de los que sin respetar mi linaje, me arrancaron, ó pretendieron arrancarme de la cintura, la daga con que en uso de mis privilegios habia entrado en su cabildo como regidor perpetuo: he aceptado la corona que me dieron los moriscos para vengarme, y me he vengado ya de todos mis enemigos: quédanme en verdad algunos, pero sus cabezas rodaran muy pronto á mis piés. Entonces, no pediré yo perdon al rey de España, sino que apretaré de tal modo la guerra que le obligaré á una avenencia honrosa, le obligaré á que me conceda mis privilegios, mi nobleza, mi rango de infante de Granada, con las tierras y señoríos que fueron de mis abuelos, y cuando esto suceda, declararé ante la iglesia católica, que jamás he sido musulman, que dentro de mi corazon, y esta es la verdad, he tenido levantado un altar al dios de mis padres, y que si he alentado una sedicion de gentes desesperadas, ha sido porque yo estaba desesperado tambien, porque se cometian conmigo degradantes injustícias.

—Y bien, haced eso cuanto antes, don Fernando: salvaos: salvad si aun es tiempo vuestro honor de caballero: acabad de una vez una guerra inútil, que no puede haceros rey, y que cuanto mas dure, mas desgraciada hará la condicion de los moriscos: aprovechad la primera ocasion de una avenencia; haced proposiciones al rey de España, y poned por primera condicion para la paz, el perdon primero, y la tolerancia y el respeto á los tratados para con los moriscos.

—Y bien mirado, señora, ¿qué se os da á vos de que la guerra con el rey de España concluya ó siga? ¿ó es que quereis meterme en una conversacion de Estado para que no os hable de mi amor? Eso es imposible; porque teniéndoos delante, solo veo vuestra hermosura que me enloquece.

—Yo no puedo ser vuestra.