—¿Y por qué no guardar mi sueño entre vuestros brazos?
—Por una razon suprema, contestó con dignidad Angiolina.
—¿Y cuál es esa suprema razon? dijo Aben-Humeya.
—Esa suprema razon consiste en que amo con toda mi alma á otro hombre, y no quiero, no puedo, no debo ser de otro.
—¡Ah! ¿amais á otro hombre, y me lo decis á mí, que os adoro?
—Os digo la verdad.
—Pero esa verdad me ofende.
—No debe ofenderos.
—Y me empeña.
—No debe empeñaros.