—Los que me avisaron de vuestra traicion no mintieron: hé aquí que sucede lo que yo habia previsto que sucederia...
—Tienes razon, dijo con ímpetu el capitan turco Alí: los que cometen traiciones, deben temer que un dia su misma traicion se vuelva contra ellos.
—¿Quién se atreve á hablar aquí de traicion? dijo Aben-Humeya: pero ya lo veo: os tengo delante cometiendo una traicion, y os cuadra bien llamar traidor al que venis á asesinar.
—El asesino debe ser asesinado, gritó María de Rojas; esa es la justicia de Dios.
—¿Por qué hablan las mujeres, antes que los hombres? dijo el turco Carcax, ¿se acostumbra esto en esta tierra?
—Cuando una mujer, dijo sin bajar de su tono solemne y trémulo María de Rojas, ha visto asesinados á su padre, á sus parientes, á sus hermanos; cuando ha sido separada del hombre á quien ama; cuando se ha visto obligada á servir los horribles caprichos del que ha matado á su familia y á su amor, esa mujer tiene derecho de acusar ante Dios y ante los hombres al asesino. El asesino es ese, exclamó señalando con un dedo inflexible á Aben-Humeya, y yo os le he entregado; pero para que me hagais justicia.
—Si es cierto, dijo con acento ronco Aben-Humeya, María de Rojas tiene derecho á acusarme: yo me he ensangrentado en su familia, familia de miserables traidores, y solo he cometido una falta: la de no ensangrentarme tambien en ella.
Y soltó una impia carcajada.
Todos callaron dominados por el acento febril, sarcástico, terrible de Aben-Humeya.
—Y bien, ¿no hay nadie que me acuse mas? añadió el jóven.