—Si, gritó Farax-Aben-Farax: yo te acuso de traidor á tu patria y de hereje á tu Dios.

—¿Y sabes tú cuál es mi Dios? exclamó con desprecio Aben-Humeya.

Ante esta audacia todos callaron.

—Mi Dios es el Dios de los cristianos, el Dios que confieso delante de vosotros; el Dios cuya fe no ha faltado en el fondo de mi corazon.

—¿Y por qué has ceñido la corona de un pueblo musulman? exclamó con indignacion Harum-el-Geniz.

—A tí solo, te contestaré, wali de los walies, dijo Aben-Humeya, á tí que eres el único que tienes derecho á acusarme; pero si me juzgas á mí ¿por qué no juzgas tambien á Aben-Aboo?

—Ignoro la causa por qué deba yo acusarte especialmente, y acusar á Aben-Aboo, dijo reposadamente Harum.

—Pues qué, ¿ignoras que Aben-Aboo y yo matamos á tu noble señor el emir de los monfíes?

—Mientes, exclamó Aben-Aboo, que creía que solo Dios, su madre y Aben-Humeya eran los conocedores de aquel crímen; mientes, miserable: yo puedo probar que la noche que murió el emir, mi noble tio, yo estaba muy lejos de Yátor, en cuyas inmediaciones pasó aquella muerte.—Mientes, repito; estás perdido y quieres perderme: y si no, presenta una prueba bastante de que yo he tomado parte en la horrible muerte de mi tio y señor.

—Es verdad, faltan sobre la tierra los testigos; unos han muerto, otros estan lejos. Algunos que pudieran hablar, callan. Pero Dios lo sabe, Dios arrojará sobre tí la sangre del emir de los monfíes, como la arroja sobre mi cabeza, ¡Dios castigará á los dos parricidas!