—¡Parricidas! sonó como un eco de horror entre los circunstantes.

—¿Qué os estremece? dijo Aben-Humeya: ¿acaso no debiamos llamar nuestro padre, al noble y poderoso emir nuestro pariente?

—Repito que ese hombre, al encontrarse perdido, arroja sobre mi cabeza, para perderme, un crímen en que no he tenido parte.

—Es verdad, tú no le hiriste.

—¡Lo ois! al cabo no se atreve á sostener su impostura.

—Pero le sujestaste entre tus brazos para que no pudiese defenderse mientras yo le heria, dijo con una horrible calma Aben-Humeya.

Dominaba un silencio de horror en los circunstantes.

—¡La prueba! ¡la prueba! gritó fuera de sí Aben-Aboo.

—Es inútil, dijo con autoridad Harum-el-Geniz: ni Aben-Aboo, ni Aben-Humeya han cometido ese asesinato.

—¡Ah! ¿te importa acaso ocultar el nombre de los asesinos, wali de los walies? dijo Aben-Humeya.