—No; pero yo me encontraba aquella noche en la alquería donde moraba mi pobre señor, y sé quién fue el asesino.

—¿Y quién fue? dijo con sarcasmo Aben-Humeya.

—Fue un emisario del rey de España: un bandido italiano llamado Laurenti, que se habia introducido entre nosotros.

Al escuchar el nombre de Laurenti, se estremecieron Aben-Humeya, Aben-Aboo y Angiolina.

Harum tenia razon: el verdadero asesino del emir habia sido Laurenti, puesto que él habia incitado á los jóvenes á aquel asesinato.

—Fue ese miserable que acabo de nombraros: asi me lo reveló bañada en llanto, la sultana Howara, la noble esposa del emir mi señor: la madre de Aben-Aboo.

—¡Oh! ¡mi madre! ¡pobre madre mia! exclamó Aben-Aboo.

—Yo, dijo Harum, juré vengar á mi señor con la muerte de su asesino; un dia Laurenti fue encontrado en la montaña por los monfíes, con una puñalada profunda en un costado, y con su propia daga clavada en la sien izquierda.

Angiolina tembló y se puso mortalmente pálida.

—Le maté yo, como se mata á un perro, añadió Harum, y del mismo modo hubiera muerto á los otros asesinos del emir, si hubiera habido mas que uno. Tengo la evidencia; mas: la prueba, de que ni Aben-Humeya ni Aben-Aboo, han tenido parte en esa muerte.