—¡Oh! ¡mi madre! ¡mi pobre madre, dijo para si Aben-Aboo, ha cubierto el delito horrible de su hijo! infeliz madre mia!
—No se trata, pues, de vengar la muerte del emir, dijo con acento conmovido Harum: el emir está vengado. Aben-Aboo tiene razon; Aben-Humeya lleva su maldad hasta el punto de acusarse de un delito que no ha cometido, para que se le crea, para perder al noble, al valiente Aben-Aboo, acusándole de complicidad en aquel crímen. Afortunadamente estoy yo aqui, y soy un testimonio vivo al que prestareis entera fe, caballeros: ¿no es verdad, que no creeis que Aben-Aboo haya cometido tan odioso crímen?
—¡No! ¡no! ¡no! exclamaron todos.
—Puedes engañar con tu autoridad á los hombres, wali de los walies, ¡pero no puedes engañar á Dios!
—¡Y aun insiste el miserable renegado! exclamó con indignacion Harum: pero tu resistencia es inútil: no venimos aquí á castigarte como asesino del emir de los monfíes: no: venimos á juzgarte como traidor á tu patria: estás en inteligencia con los cristianos.
—¿No os he dicho ya que soy cristiano? exclamó con insolencia Aben-Humeya.
—¿Qué mas quereis oir, caballeros? dijo Farax-Aben-Farax: el miserable confiesa su crímen.
—¿Y por qué no los confiesa todos? exclamó el turco Huscen.
—¿Teneis tambien vosotros de qué acusarme? dijo Aben-Humeya.
—¿Conoces esto? dijo Carcax adelantando fuera de sí de furor y mostrando á Aben-Humeya, la carta en que mandaba al alcaide de Medina de Bombaron, matar alevosamente á los turcos.