Aben-Humeya tomó la carta y la leyó: cuando la hubo leido desapareció la fria calma de su semblante, tembló no de miedo, sino de furor y exclamó arrugando entre sus manos la carta:

—Esta es una infamia horrible. Veo aquí tu mano Aben-Aboo, miserable, que mataste al padre y matas al hermano: tú has comprado á mi secretario, Diego de Arcos, cuya es esta letra, y has fingido esta carta.

—Estamos perdiendo el tiempo, dijo Carcax; este descreido lo negará todo: ¿no es justa su muerte, capitanes y caballeros?

—Si; si; debe morir, gritaron todos. Y como si aquella hubiese sido una señal, el feroz Carcax se arrojó sobre Aben-Humeya.

—¡A mí, esclavos! ¡á mí! ¡ha llegado la hora de la muerte! gritó el turco!: ¡á mi, verdugos!

Y sofocaba entre tanto á Aben-Humeya á quien habia asido por la garganta.

Dos africanos atezados habian aparecido y avanzaban hacia Aben-Humeya: uno de ellos llevaba un cordon en la mano.

Los detalles de la muerte de Aben-Humeya son repugnantes; oigamos cómo refiere esta catástrofe don Diego Hurtado de Mendoza, en su guerra de Granada.

«Ahogáronle dos hombres: uno tirando de una parte y otro de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; él mismo se dió la vuelta como le hiciesen menos mal; concertó la ropa; cubrióse el rostro.»

El mismo historiador refiere en otro lugar: