«Saqueáronle la casa; repartiéronse las mujeres, dinero, ropa; desarmaron y robaron la guardia; juntáronse con los capitanes y soldados, y... eligieron á Aben-Aboo por cabeza en público, segun lo habian acordado en secreto.»
La muerte de Aben-Humeya fue la señal de dispersion de los que la habian decretado y ejecutado; los turcos se alejaron con su gente; Farax-Aben-Farax, con sus moriscos y con su nuevo rey Aben-Aboo, que se llevó consigo á Angiolina; Diego Alguacil por su parte se unió de nuevo á María de Rojas, y preveyendo que ninguna buena aventura podia acontecerles en las Alpujarras, pasaron algunos dias despues á Africa, donde se casaron.
Antes de separarse Harum y Angiolina tuvieron este breve diálogo:
—¿Por qué habeis atestiguado que Aben-Humeya y Aben Aboo, eran inocentes de la muerte del emir?
—Necesito que Aben-Aboo confie en mí, contestó Harum.
—¿Y por qué no habeis muerto tambien á Aben-Aboo? dijo Angiolina, ¿acaso no teneis poder para ello?
—¿Se sabe dónde está la hija de mi señor? repuso Harum.
—¡Ah! teneis razon, exclamó con amargura Angiolina.
—Acordaos señora, la dijo Harum, del estado en que habeis visto al infeliz marqués de la Guardia: acordaos de lo que me habeis prometido: Aben-Aboo os ama: fascinadle; emplead toda vuestra astucia, toda vuestra inteligencia: averiguad el paradero de la sultana, y cuando le hayais averiguado, cuando nos hayamos apoderado de ella, entonces... entonces Aben-Aboo, sentirá sobre su cabeza la venganza de los monfíes.
—Os juro, os juro ayudaros, exclamó Angiolina; pero ayudadme vos tambien.