Crecia el desasosiego de la ciudad, dábanse guardias y rondas en la puerta de los Molinos, en la de la Antequeruela, en el cerro de los Mártires; se enviaban descubiertas á los lugares de Pinillos y Cenes, cercanos á Güejar donde tenia su campo Aben-Aboo, y todos los dias se tenian noticias de personas y de recuas cogidas por los moriscos á las mismas puertas de la ciudad.
Entre tanto el marqués de los Velez, sitiaba á Galera, con poca artillería, con poca gente y por lo tanto con poco provecho.
Escribió don Juan de Austria á Felipe II quejándose de que le hiciese estar ocioso en Granada cuando esta se encontraba amenazada de cerca por el campo que tenia Aben-Aboo puesto en Güejar, y por otra parte por la resistencia de Galera, que podia dar causa á que la rebelion se extendiera al reino de Valencia; en vista de estas quejas, el rey mandó formar dos campos; uno á cargo de don Juan, que asistido por el marqués de los Velez, el comendador mayor de Castilla y Luis Quijada, hiciese la guerra en el rio Almanzora; y otro bajo el mando del duque de Sesa que debia quedar en las Alpujarras.
Don Juan de Austria marchó bien provisto y pertrechado contra Güejar á 23 de diciembre de 1569, con nueve mil hombres de infantería, seiscientos caballos y ocho piezas de campo. Por la parte alta, esto es, por el mas encumbrado de los dos caminos que hay de Granada á Güejar, fue el mismo don Juan con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos; Luis Quijada iba en la vanguardia con dos mil infantes; don García Manrique con el resto de la caballería, y en la retaguardia, con el estandarte real, el resto de la infantería, la artillería y las municiones, Pedro Lopez de Mendoza y don Francisco de Solís.
Pero cuando llegó la expedicion á Güejar hallaron que los moriscos habian abandonado el pueblo, retirándose á las Alpujarras. Solo se encontraron en la trinchera diez ó doce viejos que fueron degollados, ni se vió de los enemigos mas que algunas mujeres y niños, y bagajes cargados, que subian por la sierra resguardados por arcabuceros y ballesteros como en número de ciento, que disparaban, retirándose de breña en breña, estorbando que se les diese alcance. Hubo algunas muertes de una y otra parte; tomáronse cautivos á los enemigos cuarenta personas entre hombres y mujeres, matándoles otros tantos; de los cristianos murieron cuarenta soldados y el capitan Quijada, á quien, siguiendo el alcance dió una pedrada una morisca: entróse al lugar á saco y degüello, y don Juan, reposando poco en victoria tan fácil, se preparó á otra mas aventurada, marchando sobre Galera.
Corrido habia por toda España la fama de la fortaleza de aquella villa, la dificultad de entrarla y lo bien proveida de defensa que se encontraba, y multitud de caballeros de todo el reino, partieron para aquella empresa, no sin disgusto del rey que comprendia claro que era mas de estorbo que de provecho tanta gente allegadiza: enviaron las ciudades nuevas gentes de á pié y de á caballo, y poblacion hubo en que cada cinco vecinos pagaron un soldado que fuera contra Galera.
Esto significa harto claro, que, cuando tales sacrificios se hacian, se daba gran importancia, se juzgaba como de gran consideracion la guerra de las Alpujarras.
Acudieron mas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de los mismos pueblos, y organizada toda esta gente, partió la mitad con el duque de Sesa para las Alpujarras, y la otra mitad con don Juan de Austria contra Galera.
Indignado Aben-Aboo con el desgraciado suceso de Güejar, quiso dar alguna muestra de sí mismo, y envistió, aunque inútilmente, de noche, á Almuñecar y á Salobreña; y viendo el poco efecto de sus esfuerzos y la decision con que era acometido, envió de nuevo emisarios á Argel á pedir socorro.
Entre tanto el marqués de los Velez, perdiendo mas que ganando, continuaba su simulacro de sitio sobre Galera, viéndose con frecuencia obligado á retirarse, y volviendo mas por honra, que por certeza de mejores resultados.