Don Juan fue rigorosísimo con ella; ya fuese por lo que habia resistido y la gente que habia costado, ya por poner miedo á los otros pueblos levantados: entróla á cuchillo, arrasóla, aróla y la mandó sembrar de sal, como se acostumbraba en aquellos tiempos con las casas de los traidores.
Solo quedó la peña, coronada de escombros humeantes, y la terrible tradicion de las desdichas de Maleh y de su amante Maleka, de la cual hizo Calderon su drama: el Tuzani de las Alpujarras.
En efecto, la toma de Galera, lugar fuertísimo y en el que tenian gran confianza, aterró á los moriscos: Aben-Aboo desalentado no pudo arrojar al duque de Sesa de las Alpujarras y este, sin que los moros osaran á otra cosa que á escaramucear con su gente, llegó á Güejar y de allí pasó á Válor, donde se alojó.
Don Juan, excitado por el duque de Sesa, se volvió sobre las Alpujarras pretendiendo coger á Aben-Aboo, entre su gente y la del duque, y llegó á vista de Seron, donde algunos soldados desvandados, se arrojaron á combatir, sin que nadie pudiera impedirlo, á los moros que encontraron puestos en defensa. Incitados por el ejemplo de estos pocos, fueron uniéndoseles mas, hasta que al fin, contra la voluntad de don Juan, toda la gente de su hueste se movió contra la villa: y aunque vinieron en socorro de Seron los moros de Tíjola, la villa fue entrada al primer embate, saqueada y pasados los que se encontraron dentro á cuchillo; pero esta victoria costó muy cara, tanto por el gran número de cristianos que perecieron en el asalto, como porque, herido malamente de un balazo, murió entre los brazos de don Juan, su ayo Luis de Quijada.
Aben-Aboo, viendo que los cristianos se le habian metido en el corazon de las Alpujarras, repartió su campo y la gente vecinal que llevaba consigo; puso gente en el camino de Granada para evitar que llegasen provisiones al duque de Sesa, y parte á la falda de la Sierra Nevada y al Puntal de la vega para que amenazasen á Granada: quedando él contra el duque, estorvándole los mantenimientos con los cuatro mil arcabuceros de su guardia, y los soldados del duque se vieron obligados á mantenerse con fruta seca, pescado y aceite, que recibian por las marinas, de Málaga.
Llegó el mes de abril: los moriscos si encontraban alguna ventaja en las escaramuzas ligeras, en las sorpresas de convoyes, ó de soldados que pasaban desprevenidos por la montaña, no habia lance algo formal en que no fuesen deshechos y rotos.
Cundia el desaliento.
Don Juan, venida la buena estacion, apretaba sin descanso y procuraba por medio de tratos, la sumision de los moros y la ida á Africa de los turcos.
Hablábase de condiciones pedidas por Aben-Aboo, aunque exorbitantes, y la guerra seguia, aunque embarazada por estos tratos y empeños de avenencia.
Castil de Ferro fue abandonado y ocupado por el marqués de la Fávara y por don Juan de Mendoza: solo se encontraron dentro veinte hombres, entre moriscos viejos, turcos y berberiscos, y diez y siete mujeres, en ocasion que estaban para embarcarse; alguna sidra, veinte quintales de vizcochos y la artillería que estaba en el castillo, mala y poca.